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Pastor Berrios Herrera

Pastor Berrios Herrera pasó su infancia en Oruro (Bolivia). Por una contradicción bastante latinoamericana sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de Oruro fueron clásicos, que no le ayudaron a resolver su problemática como pintor. Irá después a Buenos Aires donde, explorando en ese inmenso laboratorio del mestizaje, encontrará una parcela de su lenguaje y de su campo formal. Proseguirá allí estudios para enseñar arte.

 

De ahí surgieron durante diez años formas, estructuras y simbolismos en la búsqueda del equilibrio necesario entre la memoria precolombina y la realidad de nuestro presente que es la dilución cultural (criollización según Edouard Glissant).

 

Pastor Berrios pinta sus lienzos ayudándose con una paleta de colores cargada de una gran emoción y entroncada en sus propios valores culturales. A partir de los grises perenniza la profundidad haciendo aparecer impactos coloreados, que dan a sus cuadros un espesor tridimensional. Son los detalles de un espacio de dimensiones sobrehumanas.

 

El artista se inspira de la pintura boliviana, de pintores como Alberto Medina y también de las investigaciones del arqueólogo Luís Guerra. Toca el aspecto del microcosmos como lo hiciera el venezolano Mauro Mejiaz. En ese lugar de acción, conquista un equilibrio que lo lleva a la escala humana.

Controla esta formidable proeza, puesto que su único objetivo es enriquecer nuestros recursos cognitivos y provocar un impacto emocional en nuestra realidad.

 

Pastor Berrios pinta también la herencia de las antiguas civilizaciones antes de la llegada de los españoles, la de antes del anclaje de los barcos en los puertos. Pero esta opción adoptada no sólo atañe al recorrido solitario de este artista que fugó de los cursos demasiado "clásicos". Encontró así su propio lenguaje en las enseñanzas de su maestro, Ponciano Cárdenas.

 

Sus lienzos plantean el problema de la distancia: encontrar el eslabón perdido de nuestra memoria. Algunas de sus formas casi intimidan, como si fueran cazadores de sueños en acción o en reposo, que ilustran los grandes mitos de la cultura andina.

 

Como prueba de su conocimiento onírico, de una lógica en el orden de las cosas, se inspira del ciclo biológico de lo humano y de las otras especies. Su búsqueda parece haber encontrado el eslabón perdido de una continuación, la del desafío de la conciencia.

 

Cuando, según las creencias amerindias, se rinde homenaje a la Pachamama, a la tierra, derramando algunas gotas de vino antes de beber su vaso, es para restablecer el ciclo de la vida. Del mismo modo, cuando el artista se prepara a pintar un lienzo lo hace con su mejor intención. El ciclo no es sólo el de la vida sino también plasmar el destino de nuestra memoria.